La educación, una carrera de fondo

No existe ninguna fórmula mágica a la hora de educar y tratar con niños, pero sí que hay pautas y formas de actuar que, bien hechas y con constancia, casi siempre aseguran buenos resultados. De todo ello nos ha hablado Mª Luisa Ferrerós, psicóloga especialista en infancia y familia, y directora de la unidad de psicología clínica  y parenting de la Clínica Diagonal de Barcelona

“Pórtate bien” es una frase que los padres repiten varias veces al día. ¿Es posible? ¿Cuáles son las claves para que el niño tenga un comportamiento adecuado?

Es la frase más corriente y más habitual que se dice a los niños una vez empiezan a entenderte, es decir,  a los 3-4 años. Es el momento en el que empiezas a tener una cierta interacción con ellos. Es muy importante tener en cuenta que el “pórtate bien” implica el resultado de lo que el niño ha aprendido. Es decir, el niño extrapola los límites familiares a otros ambientes y situaciones.

El impulso educativo por parte de los padres empieza se presentan situaciones conflictivas. Debemos plantearnos que la educación de nuestros hijos es una carrera de largo plazo. Hemos de saber qué podemos limitar y qué no, qué tipo de educación le queremos dar. Los padres han de plantearse y hablar del modelo educativo de la misma manera que escogen a qué colegio irá el niño. La educación es un trabajo de equipo, un trabajo en que deben intervenir el padre y la madre, dado que son su núcleo fundamental. Empieza cuando el niño entiende e interioriza el no y que significa el sí. A partir de ahí, es importante Mantener la coherencia en el discurso, y empezar a transmitirle esos mensajes desde sus primeros años de vida.

¿Por qué les cuesta tanto obedecer?

El juego es lo principal para los niños cuando son pequeños. Por ello el principal problema entre padres e hijos es la comunicación, ya que aquello que les decimos “en código adulto” ellos lo interpretan a su manera. Lo que para mí es una orden, para él puede ser un juego más.Dado que todavía no entienden qué significa obedecer, es importante que poco a poco aprendan a discernir entre un “sí” y un “no”. De esta manera empezaran a entender sus límites, que deben ser coherentes e inamovibles en todas las situaciones y circunstancias.

No obstante, el niño es capaz de reflexionar lo que representa una norma  y entender lo que significa portarse bien en el concepto abstracto hacia los 6-7 años. Es el momento en el que entiende el código moral. Para llegar aquí, el niño debe entender que hay un límite. Un niño de tres años no está capacitado intelectualmente para entender un razonamiento abstracto  sobre lo que significa portarse bien y obedecer. Para los niños, los límites son una guía para saber por dónde pueden ir y por dónde no. Ellos necesitan saber cuáles son las reglas del juego. Y siempre deben ser las mismas.

¿Es significativo que de pequeños se frustren?

La tolerancia a la frustración hay que empezar a experimentarla desde los primeros años de vida, a pequeñas dosis, de forma  gradual, para que cuando el niño sea adolescente sea capaz de afrontar las miles de frustraciones que se va a encontrar al largo de su vida sin que ello le suponga ningún trauma. A un niño que nunca le han dicho que no, que le han dado todo, que está sobre-protegido, cuando le llega la adolescencia y los ‘papás’ no pueden solucionar todas las adversidades, sufren traumas e incluso depresiones, porque no son capaces de aceptar la situación.

Aprender significa equivocarse. Por ello, los padres también debemos aprender a cambiar nuestro vocabulario. El lenguaje es importantísimo. Según cómo le hables  a tus hijos y qué palabras utilices, puedes conseguir que él  piense que es el peor o el mejor niño del mundo.

¿Cuándo se debe castigar a un niño?

No hablo de castigos sino de consecuencias pedagógicas. Hay que diferenciar entre aquellas conductas que queremos potenciar y las que queremos que desaparezcan, porque el tratamiento es distinto. Ante un hábito que quiero fomentar, el castigo no va a conseguir que lo interiorice.  Si quiero que el niño aprenda a comer y dormir bien, a hacer deberes, recoger u obedecer, el castigo consigue el efecto contrario. Hay que convertirlo en juego para que termine siendo un hábito.  Los hábitos y conductas que hay que fomentar, se deben trabajar en positivo.

Por lo contrario, los comportamientos que queremos que desaparezcan como las faltas de respeto – dígase los insultos, el pegar o el morder- es donde intervienen las consecuencias pedagógicas. No hablo de castigos porque ello implica humillación en el niño, que no conduce a ningún lugar, sólo a que el niño tenga más rabia y persista el comportamiento. La parte de la humillación que va implícita en el castigo es la que no funciona. Se debe tener claro que impartir disciplina no implica carga emocional negativa.

El niño debe saber que hay una norma y cada vez que la infrinja tendrá una consecuencia, donde intervenga el esfuerzo para que poco a poco sea disuasoria.  No es necesario enfadarse. En nuestro país se asocia imponer una disciplina con castigo, humillación, enfado y rabia. Debemos entender que la mayor fuente de aprendizaje del niño es la imitación de lo que tiene a su alrededor.

En educación, ¿los resultados son a largo plazo? ¿Es una carrera de fondo?

Sin ninguna duda. Educar es pensar a largo plazo: ¿qué pasará si ahora yo no le enseño unas pautas, cuando el niño tenga 15 años? Hemos que ver qué conductas van aumentando con el tiempo  y qué conductas se van de manera natural.

La exploración del niño con la edad se va normalizando pero en cambio, las faltas de respeto van empeorando si el niño no interioriza unas normas de conducta. Los resultados de lo que tú siembras cuando el niño tiene un, dos o tres años, no aparecen inmediatamente, pero sí se manifiestan en la adolescencia. En ese momento se ve clarísimamente los niños que han tenido unos padres que han trabajado en equipo y los que no. El resultado sale al final. Es importante formar el criterio del niño. La formación del criterio la hacen imitando lo que viven en el casa y en el colegio, pero en los primeros años de vida lo más importante es su hogar. Es donde se forjan los cimientos de la personalidad y de los valores.  FUENTE: LA VANGUARDIA.COM

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